Pasa la vida

Un viaje personal

La verdad sobre la desaparición de las abejas

Publicado por Jordi Guzman en 3 Noviembre 2009


Una película llamada “La desaparición de las abejas (Vanishing of the Bees)” se estrenó en los cines de todo el Reino Unido a principios de este mes. Es un documental sin cortes sobre el “misterioso colapso” de la población de abejas por todo el planeta – un fenómeno que recientemente ha atraído gran atención y sobre el que se ha escrito mucho.

La idea de que las abejas están desapareciendo por razones desconocidas se ha incrustado en la consciencia general. También es una

Abejas

Aún polinizando. Imagen: Sipa Press/Rex Features

gran historia que aprovecha la ansiedad de nuestra era. Pero, ¿es cierto? Creemos que no, no aún al menos.

Primero lo básico. La polinización por parte de abejas y otros animales – moscas, mariposas, pájaros y murciélagos – es necesaria para la producción de frutas y semillas en muchas plantas silvestres y cultivadas. Más de un 80% de las 250 mil especies de plantas con flor del planeta están polinizadas por animales.

La agricultura es un beneficiario a gran escala de estos servicios de polinización, por lo que afirmar que estos polinizadores están en declive ha disparado las alarmas ya que nuestro suministro alimenticio podría estar en peligro, y puede que estemos al borde de una “crisis de polinización” global.

Las afirmaciones de tal crisis descansan sobre tres pilares básicos: esas abejas son las responsables de la producción de una gran porción de nuestro alimento; que esos polinizadores están declinando a nivel mundial; y que la caída en los polinizadores amenaza al rendimiento de la agricultura. Numerosos artículos científicos, artículos de muchos medios e incluso una resolución del Parlamento Europeo de 2008 presentan cada uno de estos aspectos como una verdad incontestable. ¿Pero lo son?

Nuestro análisis de los datos procedente de la Organización de los Alimentos y Agricultura de las Naciones Unidas revelan una perspectiva diferente de la crisis de polinización – una que es menos catastrófica que lo descrito en las películas (Current Biology, vol 18, p 1572, and vol 19, p 915).

La primera base – que las abejas son responsables de la producción de una gran fracción de nuestra comida – es simplemente falsa. Los polinizadores son importantes para muchos cultivos, pero es un mito que la humanidad se moriría de hambre sin abejas.

Aproximadamente el 70 por ciento de los 115 cultivos más productivos, incluyendo la mayor parte de frutas y oleaginosas, son polinizadas por animales. Esto hace una cifra de casi 2500 millones de toneladas de comida al año, aproximadamente un tercio de la producción agrícola global. No obstante, pocos de estos cultivos dependen completamente de la polinización animal, dependiendo en gran parte de su capacidad de auto-polinización.

Aparte de eso, la producción de muchos alimentos básicos no dependen en absoluto de los polinizadores: los cultivos de carbohidratos tales como el trigo, arroz y maíz son polinizados por el viento o auto-polinizados. Si las abejas desaparecen por completo, la producción agrícola global bajaría entre un 4 y un 6 por ciento.

¿Qué hay de la bajada de polinizadores? Las afirmaciones de una desaparición global de abejas están basadas en colecciones de (a menudo extremos) ejemplos regionales, lo cual no necesariamente es representativo de las tendencias globales. Estos ejemplos tienden a proceder de zonas de Europa y Norteamérica donde quedan pocos hábitats naturales o semi-naturales.

La cantidad de abejas domesticadas, el polinizador de cultivos más importante de todos, también ha decrecido considerablemente en los Estados Unidos y algunos países europeos en las décadas recientes. No obstante, estas bajadas se compensan con el fuerte incremento en Asia, Latinoamérica y África. Es más, el número de colmenas gestionadas en todo el mundo se ha incrementado aproximadamente en un 45 por ciento en las últimas cinco décadas.

También ha habido algunas aterradoras historias sobre el “desorden por colapso de la colonia” y la expansión del ácaro Varroa en los Estados Unidos y Europa. De nuevo, estos son fenómenos reales, pero problemas pasajeros más que fuerzas directoras de tendencias a largo plazo. En lugar de esto, la bajada a largo plazo parece ser consistente con la dinámica económica de la industria de la miel, la cual parece estar desplazándose a los países en desarrollo en busca de una producción más barata.

Finalmente, ¿una baja abundancia de los polinizadores afectan a la productividad de la agricultura? Es cierto que una carencia de polinizadores, especialmente las abejas, puede limitar la producción de muchos cultivos y plantas silvestres. También es cierto que muchos cultivos dependientes de los polinizadores han crecido más lentamente que aquellos cultivos en su mayoría no dependientes. No obstante, contrariamente a lo que se esperaría si bajan los polinizadores, la media de producción de los cultivos dependientes de los polinizadores se ha incrementado a ritmo estable durante las últimas décadas, al igual que los cultivos no dependientes, sin signos de ralentización.

En general, debemos concluir que las afirmaciones de una crisis global en la polinización agrícola no son ciertas.

Los problemas de polinización pueden ser inminentes, no obstante. La producción agrícola global ha mantenido su ritmo con la duplicación de la población humana durante las últimas cinco décadas, pero la pequeña proporción de ésta que depende de los polinizadores se ha cuadruplicado durante el mismo periodo. Esto incluye los alimentos de lujo tales como las frambuesas, cerezas, mangos y anacardos. El incremento en la producción de estos cultivos ha sido conseguido, en parte, por un incremento de un 25 por ciento en el área de cultivo en respuesta a una mayor demanda de los mismos.

Esta expansión puede presionar la capacidad de polinización global, por dos razones. La demanda de servicios de polinización ha crecido más rápido que la cantidad de abejas domésticas, y la limpieza de tierra asociada ha destruido gran parte de los hábitats naturales de los polinizadores silvestres.

El incremento acelerado de los cultivos dependientes de polinizadores por tanto tienen el potencial de disparar futuros problemas para estos cultivos y plantas silvestres. Estos problemas pueden crecer conforme la bajada en la producción de frambuesas, cerezas y el resto aumenten rápidamente sus precios, estimulando aún más la expansión de los cultivos. Por lo que aunque la actual crisis de la polinización es en gran parte un mito, puede que pronto tengamos una real entre manos.

Artículo traducido y posteado en Ciencia Kanija, el original se publicó en NewScientist, los autores son Marcelo Aizen es un investigador del Consejo de Investigación Nacional Científico y Técnico de Argentina. Lawrence Harder es profesor de ecología de polinización en la Universidad de Calgary en Alberta, Canadá.

 

Para los que estén interesados en el tema, en Investigación y Ciencia nº 397 de octubre de 2009 hay un artículo sobre la enfermedad causante del despoblamiento de las colmenas.

La silenciosa pandemia de las abejas.

De cómo se descubrió la causa de una enfermedad silenciosa que ha causado el despoblamiento de millares de colmena.

Era el año 2004. El laboratorio de pa­tología apícola del Centro Agrario de Marchámalo (Guadalajara) estaba colapsado por miles de cajas de cartón, lle­nas de abejas enfermas y moribundas, remitidas por apicultores de toda Espa­ña. Las muestras esperaban su estudio para averiguar la causa de un extraño proceso, en el que las abejas desapare­cían. Un cuadro clínico nuevo para api­cultores y veterinarios, que estaba oca­sionando grandes pérdidas económicas. A los ojos de ambos, las colmenas son animales de producción (como las vacas y las ovejas), puesto que generan pro­ductos para el consumo humano; asimis­mo, son benefactoras para los ecosiste­mas al polinizar plantas, silvestres y cultivadas.

A esa patología se la denominó en 2005 “desabejamiento de las colmenas”, expresión sustituida luego por el actual “síndrome del despoblamiento de las col­menas” (SDC) en España y Europa, o “Colony Collapse Disorder” (CCD) en EE.UU. Las abejas desaparecen y la colmena muere sin presentar una sintomatología que permita intuir el origen del problema.

Primavera sin abejas melíferas

En invierno es cuando se observan las mayores pérdidas. Ello coincide con el momento en que los apicultores se dis­ponen a preparar su “ganado” para la re­colección de primavera. El campo está henchido de néctar y polen, pero no hay suficientes abejas para trabajar. La deses­peración del apicultor se exacerba cuan­do ve que sus colmenas no despiertan y que no se multiplica el número de abe­jas para recolectar. Aun cuando la abeja reina haya sobrevivido, ya no hay tiem­po ni suficientes abejas trabajadoras para el momento de la floración. Se pierde la cosecha de ese año y la polinización debe ser asumida por otras especies. Las col­menas, que no consiguen reponer las abe­jas que mueren en el campo, se acaban despoblando y mueren.

En esta situación nos encontrábamos ya en 2000, cuando algunos apiculto­res y veterinarios consultaban al Centro Apícola por casos de debilitamien­to o de elevada e inexplicable mortalidad de colmenares completos, en apariencia sanos. Como en toda ganadería, en la apicultura mueren cada año, por cau­sas diversas, cierto número de animales o colmenas. Sin embargo, nada hacía pronosticar lo que ocurriría los años si­guientes.

Iniciado el nuevo milenio, llegaban desde Francia noticias que responsabili­zaban del desastre a los laboratorios que comercializaban insecticidas (fipronil e imidacloprida) para el tratamiento de se­millas de maíz o girasol. Esta hipótesis ya se había descartado en España como causa principal de la pandemia, pues sólo uno de esos productos estaba permitido en nuestro país; se utilizó en el 8 por ciento de las semillas de girasol planta­das entre 2004 y 2009 en Cuenca, Cór­doba y Sevilla. Análisis de esos compues­tos (sobre todo neonicotinoides) en abejas pecoreadoras y polen de dichas zonas, realizados por el grupo de José Luis Bernal, de la Universidad de Valladolid, habían arrojado resultados nega­tivos. Sin embargo, en Francia continua­ban las batallas legales para encontrar un culpable químico de la pérdida de miles de colmenas.

Nosema apis, el primer sospechoso

En España aumentaban las denuncias y continuaba la remisión de muestras. Pre­sentaban un aspecto desconcertante: mu­chas esporas de Nosema, pero ni rastro de diarrea (síntoma patognomónico de la nosemosis debida a N. apis). Aquello no era normal. Con la colaboración de Amparo Martínez, de Tragsega, empre­sa dedicada a la sanidad ganadera y ani­mal, se realizó un estudio epidemiológi­co de los miles de muestras enviadas a Marchámalo.

Los resultados confirmaron las obser­vaciones iniciales. Las esporas de Nose­ma apis (parásito fúngico unicelular que invade el tracto intestinal y causa disen­tería apiar) parecían tener alguna rela­ción —al menos estadística— con la de­saparición de las abejas. Cuando en las muestras se observaban esporas de Nose­ma, se multiplicaba por seis la posibili­dad de un despoblamiento de la colme­na. Ahora bien, había hasta un 10 por ciento de las colmenas despobladas que no contenían esporas del parásito.

Era evidente que el diagnóstico de una enfermedad y la detección de un agente potencialmente patógeno no eran lo mismo. En ningún momento se ha­bían observado signos de nosemosis, bien conocidos por veterinarios y apicultores: heces (“diarrea”) de abejas en el interior de la colmena y abejas débiles que no pueden volar o con el abdomen dilata­do por las heces, entre otros. En Fran­cia, los expertos comenzaron a denomi­narla “nosemosis seca” por la ausencia de diarrea. Se sugirió una posible adaptación del agente o una mutación que causara un cuadro clínico nuevo, menos agudo y más crónico.

Nosema ceranae, el auténtico culpable

Los primeros intentos por conocer las características moleculares del parásito sospechoso resultaron infructuosos: las muestras no contenían ADN de Nosema apis. Tras un cambio metodológico, se resolvió el misterio. El material genéti­co no correspondía a N. apis, ni a una cepa mutante con la capacidad patóge­na modificada. Se trataba de otro pará­sito muy semejante: Nosema ceranae, des­crito sólo en la abeja asiática. Casi de forma simultánea, investigadores de Taiwán lo detectaron también en la abe­ja europea de su país.

Nos hallábamos ante un panorama inesperado: de los once apiarios inclui­dos en el estudio inicial, diez estaban infectados por un parásito transfronterizo. El fenómeno evocaba una situa­ción semejante a la que se enfrentó nuestra apicultura en 1985, cuando en­tró en España uno de los principales patógenos de las abejas: el acaro Varroa, procedente también del sudeste asiáti­co. Desaparecieron el 40 por ciento de las colmenas. Casi veinte años después, otro parásito asiático estaba implicado en un proceso similar.

Comenzó así una carrera a contrarreloj: infecciones experimentales para comprobar que la detección de ADN se correspondía con un patógeno nue­vo, seguimiento en campo de infecciones naturales para describir el curso de la enfermedad, demostración de los postulados de Koch sobre la capacidad de transmisión del agente entre hospedadores, estudio de posibles formas de contagio entre colmenares y de factores implicados en la patología observada, aplicación de nuevos métodos diagnós­ticos y seguimiento de la difusión de la enfermedad en España. Asimismo, se contactó con científicos de otros países que corroboraron nuestras observacio­nes y se desarrollaron estrategias para evitar las inmensas pérdidas que esta­ban sufriendo los apicultores. Todo ello con la colaboración de Pilar García Palencia, de la Universidad Complutense de Madrid, y la ayuda de Lourdes Prie­to, experta en diagnóstico molecular de la Policía Científica.

El trabajo emprendido culminó en la demostración en colmenares profesiona­les de que N. ceranae era el único pató­geno responsable de la muerte de dece­nas de colmenas. Empezó a detectarse en numerosos países. Ya no era sólo un parásito de abejas europeas criadas en Taiwán o en España. En cuanto se bus­caba, aparecía, pero nadie se había per­catado de la invasión silenciosa.

Un problema complejo

Los países que importan colmenas (Ca­nadá, por ejemplo) y los que, además, desplazan grandes cantidades de ellas para polinizar su territorio (EE.UU.) denun­ciaban ya en el siglo pasado la presencia, en lugares muy distantes, de N. ceranae. Pero no lo relacionaban con el SDC. Po­cos veterinarios participaron en esos es­tudios, que se centraron más en el insec­to (abeja) que en el animal de producción (colmena). Es posible que la dualidad abeja-colmena haya dificultado la des­cripción del cuadro clínico de la enfermedad, pues no es lo mismo estudiar la patología que se observa en una colme­na que la que se aprecia en una abeja.

Además, la colonia de abejas ha de­mostrado una gran capacidad de adap­tación —verbigracia, aumento en la pues­ta de huevos de la reina— a la continua muerte de abejas, lo que ha encubierto el efecto patógeno de N. ceranae. Una vez debilitada la colonia, otros patóge­nos aprovechan la situación para atacar. Y, como ya detectamos en nuestro estu­dio estadístico inicial, amén de Nosema siguen coexistiendo otros factores debi­litantes: ácaros Varroa (que vehiculan nu­merosos virus), insecticidas (la mayoría acaricidas aplicados frente a Varroa), fal­ta de polen y condiciones climáticas ad­versas.

Sabemos ahora que los millones de esporas detectadas en los estudios inicia­les correspondían a N. ceranae, un pará­sito patógeno clínicamente insidioso, pre­sente en todo el país, que no provoca diarrea, sino la muerte de abejas viejas. Se transmite entre colmenares. Presenta un período de incubación de más de un año, durante el cual la reina aumenta la puesta de huevos para compensar la pérdida de abejas. Mientras la reina es joven, se mantiene la población y la co­lonia de abejas parece sana (estado asintomático), pero cuando se agota, la col­mena colapsa por falta de individuos jóvenes. El SDC se caracteriza, pues, por un largo período de incubación, duran­te el cual la infección pasa inadvertida; el despoblamiento se nota sólo cuando la muerte de la colmena es inminente.

Aránzazu Meana

Facultad de veterinaria Universidad Complutense de Madrid

Raquel Martín Hernández y Mariano Higes

Centro Agrario Marchámalo de la Junta de Comunidades de Castilla-la Mancha

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